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ONG Senegal | Sonrisas de Gandiol
Mercí alimatu Inés... merci Gandiol
12 Octubre 2014 ► VERANO 2014
Me despierto. Tumbada en un colchón, en el suelo. No es mi cama. El mar de fondo. En

Madrid no hay playa... ¿dónde estoy? Gandiol, norte de Senegal, a orillas del Atlántico.

Por las mañanas, después del desayuno, trabajábamos en el terreno donde se

construirá el Centro de Hahatay. Quitamos matojos del suelo, los amontonábamos y luego

quemamos. Es duro, no solo por el trabajo, también por el abrasador calor del mediodía.

Acabamos agotados. Pero, aun así, lo pasamos bien juntos, cantamos canciones típicas,

que siguen mi cabeza...

Empezábamos con “Allo Allo”, decían ellos; “j’ecoute”, respondíamos; y,

seguido “belele, magale, magale”; y terminábamos entre risas y palmadas. Es una de las

costumbres que más me gustaban ¡en esta tierra donde cantan a todas horas!

Una tarde, fuimos a la escuela de primaria de Gandiol, para organizar actividades

con los niños del pueblo. Algunas voluntarias habían escogido, unas horas antes, a unos

cuantos de la zona para que vinieran a jugar. Pero muchísimos se quedaron fuera. Al

final, les dejamos entrar a todos, aun a riesgo de quedar desbordados por la “diminuta”

multitud. Terminé con Bárbara y Lamine con treinta de ellos. Organizamos juegos, hicimos

pulseras y lo pasamos genial... los niños y nosotras. Nunca pensé que pudiera llegar a

querer tanto a unos churumbeles con los que pasé tan solo unas pocas horas.

En mi país los niños

que lo tienen todo,

ríen y lloran.

En Gandiol solo ríen.

Por eso siempre recordaré,

cuando iba al pueblo,

de esos angelillos oscuros

de blancas sonrisas,

que perseguían y gritaban,

cogiendo mis manos con sus manitas:

“Alimatu, Alimatu, Alimitu...”

la “canción” más bonita

que me han cantado

en Senegal, al borde del mar.

La tarde terminó en un círculo, con cientos de niños riendo y cantando; y mi

hermano Miguel en mitad de todos ellos, emocionando, al ver la ilusión les hacía el que un

toubap cantara y bailara con ellos.

Otra tarde fuimos a la playa. Teníamos que cruzar el lago en cayuco, antes de

llegar a la orilla del mar propiamente dicha. Tuvimos algunos problemas para subirnos

y bajarnos, pero llegamos sin problemas. La playa era diferente a las de España. Apenas

había nadie, estaba limpia y las olas eran más grandes. Y sin duda era mucho más bonita.

Nos bañamos y la tarde terminó como siempre, en un círculo cantando y bailando.

Mi amiga Carlota pasó su cumpleaños en Gandiol. Nunca olvidará ese décimo

quinto aniversario. Amadou y Lamine le firmaron una camiseta con dedicatorias de todos.

Día le compró un bizcocho de chocolate, buenísimo. Le cantamos cumpleaños feliz en

cinco idiomas. Le regalaron un vestido, un pareo, un collar... Carlota estaba emocionada,

no sabía cómo agradecérselo. Y, después, para rematar el día, hubo una fiesta con la gente

del pueblo. Me encantó el ambiente, todos bailaban: pequeños, jóvenes, mayores... Luego

nos sentamos en sillas, en un gran círculo y, en medio, varios espectáculos, bailes con

fuego y un pequeño teatro, en el que los del lugar se partían de la risa y, a pesar de que no

entendíamos nada, nosotros con ellos al ver sus carcajadas.

Fue una noche realmente divertida.

El último día de nuestra aventura, después de una interminable y agotadora

caminata por el desierto de Gandiol, en la que nos contamos adivinanzas, que el

inteligente Día las adivinaba continuamente, llegamos a un resort turístico frente del lago:

con piscina, barra y, lo que más agradecimos, váter tipo accidental.

Pasamos el día entero allí. Unos se bañaron en la piscina, otros descansaron, otros

hablaron, otros jugaron al fútbol... lo pasamos muy bien. Más tarde llegaron los tambores.

Disfrutamos mucho viendo bailar a Dia, Amadou... y algún que otro voluntario. Pero con la

que más disfruté fue con la maravillosa Anta, que se movía al ritmo de la percusión de una

forma asombrosa. Y, entre canciones y risas, volvimos en al pueblo.

Mi hermano Miguel, su amigo Alejandro, mi amiga Carlota y yo, lo pasamos muy

bien con el resto los voluntarios. Éramos, con mucho, los más jóvenes del grupo. Pero a

pesar de nuestros pocos años no nos trataron como a niños. Nunca olvidaré a la sonriente

y siempre alegre Ana, nunca se enfada ni está de mal humor, siempre con una sonrisa en

los labios que alegra a cualquiera. Tampoco olvidaré a Antonio, todo el tiempo piensa en

los demás y está dispuesto a ayudar en lo que haga falta. También veo a las divertidas

Bárbara y Miriam, o como nosotras las llamamos, la tita Tissen, con la que compartimos

cuarto, junto con Eli; y Nuria, la Mundo; la simpática Sara y las profes Sara y Belén. Tengo

agradecerles que nos han tratado y cuidado tan bien. Tampoco olvidaré lo bien que nos

trataron Mónica y María José, ni a la pareja perfecta, con la vivaz Irene y el tranquilo

Pablo.

Hicimos muy buenos amigos en Gandiol. Lo pasábamos genial y nos reímos

muchísimo con los traductores: con el bromista y exigente Lamine; con el simpático y

cariñoso Amadou, con las exóticas Sokna y Marie; y la moderna Habby. Estos nombres

nunca se me olvidarán.

Estoy segura de que algún día pasaremos de nuevo juntos los buenos momentos

que hemos compartido este verano.

Saber que tengo amigos en otra tierra, en otro continente, con otra cultura, con

otra raza, otra religión... es una de las mejores experiencias que he tenido en mis quince

años de vida. Ojalá el mundo acabe uniéndose como nos hemos unido nosotros.

Luego estaba Yao, una muchacha de 18 años, que en pocos días se convirtió en una

buena amiga nuestra. Desde el primer momento, nos trató como si fuéramos uno más de

la familia. Siempre estaba ocupada, lo hacía prácticamente todo en la casa: cuidaba de los

niños, preparaba la comida, limpiaba... y pensar que yo me quejo de recoger la mesa.

Me han encantado las mujeres del pueblo, sonrientes, divertidas y cariñosas

que nos trataban como si fuéramos sus propias hijas. Mi amiga Carlota y yo éramos sus

gemelas. Me sorprendió la cantidad de cosas que hacían en sus hogares. Sin duda, son

muy diferentes a las mujeres españolas, son más duras y fuertes.

Pienso continuamente en cuando, ya subidos en el “burro”, a punto de arrancar

hacia el aeropuerto de Dakar, de vuelta, la madre de Día se asomó por la ventana y me

cogió de la mano y nos dijo: “merci”.

Una tarde fuimos a ver Saint Louis, la ciudad más cercana al pueblo de Gandiol. La

visita fue muy entretenida. El tío de Día nos hizo de guía. Nos explicó la historia del lugar,

nos enseñó la primera Iglesia católica de África...Pero lo que más me impactó fue el barrio

de los pescadores. Tanta gente en un espacio minúsculo, en el que parece imposible que

quepan todos, tantos niños casi sin ropa, gritando “toubap”, persiguiéndonos por todas

partes... toda aquella pobreza me deja sin palabras. He visto imágenes parecidas en la

televisión, internet... pero contemplarlo con mis propios ojos me deja de piedra.

Otra cosa que me impacta es la partida de Babakar.

Babakar es un chico de quince años, primo de Día, que vive en la casa con nosotros

y la madre de este. Su padre está en España y se ha embarcado en una nueva vida. Como

el es el que mantiene a su madre, Babakar decide dejar el colegio y embarcarse para ir

a pescar a Mauritania. No hay buenas comunicaciones y, en cuanto se embarque en la

patera que le llevará a su incierto destino, no se sabrá nada de él hasta dentro de unos

meses.

Me doy cuenta de lo injusto que es el mundo. Yo, por nacer en Madrid tengo todas

las oportunidades del mundo y él por hacerlo en Senegal se ve obligado a mantener a su

madre con solo quince años. Aprovecharé las oportunidades que tengo para, cuando sea

mayor, ayudar a personas que, por el simple hecho de nacer en otro lugar, no tienen las

mismas oportunidades que nosotros.

Tengo que agradecer a Día que nos haya permitido, siendo tan jóvenes, disfrutar

de esta experiencia, Sin duda nos ha cambiado. Día es el presidente de la ONG son risas de

Gandiol. Lo organiza y se encarga de todo. Cuando era muy joven, se subió a una patera y

llegó a España. Escribió un libro, 3052, que son los kilómetros que recorrió en su odisea. Le

admiro muchísimo, porque pudiendo vivir España, ha vuelto a su pueblo ara ayudar a los

suyos y a su país. Nunca me olvidaré de cuando a mi amiga Carlota y a mí nos llamaba “mis

pijillas de Madrid”

También le doy las gracias a mi tía Mercedes, tita Nena, como la conocer todo el

mundo en Málaga, muchos otros lugares de España, en algunos otros lugares remotos y

ahora en Senegal. Ella con su capacidad inagotable de hacer cosas por los demás, es la que

nos llevó a viaje a África. Ojála, todos los adolescentes de España tengan una tita Nena en

s vida, que les lleve de viaje y les permita ver otras partes del mundo de la forma que yo lo

he visto durante estos diez inolvidables días.
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El libro 3052

Libro Proyecto 3052 3052 persiguiendo un sueño es el libro que está haciendo posible mi sueño. Gracias a el se han impulsado proyectos en Gandiol, el pueblo natal de Mamadou Dia autor y fundador de la ONG. El libro cuenta la historia de su viaje. Salió de su país, el 11 de Mayo de 2006 para alcanzar la tierra española por medio de un cayuco. Un viaje de 8 días, una aventura llena de peligros y de aprendizajes en busca de una vida mejor.
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Hahatay son risas de Gandiol © 2017

ONG Hahatay

Hahatay, son risas de Gandiol es un Ong que trabaja en la cooperación. Nuestro organización hace también un gran trabajo de denuncia sobre las políticas occidentales que violan los derechos humanos de los inmigrantes. A través del voluntario internacional y la participación juvenil queremos promover acciones para el desarrollo sostenible del pueblo de Gandiol, situado en Saint-Louis, la región del norte de Senegal.
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